El hombre domesticado en confinamiento

Por: Carlos Arturo Olarte Ramos

Viejo o adolescente, criollo o mestizo, general, obrero o licenciado, el mexicano se me aparece como un ser que se encierra y se preserva: máscara el rostro, máscara la sonrisa. Así empieza Octavio Paz uno de sus ensayos en El laberinto de la soledad; tan cruel y beligerante para algunos, tan franco y fascinante para otros. Lo cierto es que Paz deja en claro que las máscaras del hombre proyectan sus múltiples rostros, tan diversos como la cultura, tan benevolente o despiadado a como su experiencia de vida se esté conformando. Y son esas máscaras las que emergen en la simbólica prisión en que se ha convertido la COVID-19.

Ser hombre en tiempos de pandemia es complicado, mucho más de lo que era serlo hasta que apareció el SARS-CoV-2. Los varones en México, con en muchos otros países y culturas, son direccionados para ser fuertes, productivos y proveedores, como formas socialmente aceptadas de obtención y reproducción del poder, a partir del cual establece relaciones desiguales de género, no solo con las mujeres sino con otros varones, para definirse como lo que Bourdieu llamó dominación masculina. Y es esa exigencia de dominar, de mostrarse como masculino, lo que hace difícil ser hombre, porque el precio por serlo se evidencia en las precarias medidas de autocuidado, en el nulo reconocimiento emocional, en las prácticas de violencia y en todas las acciones donde deje en claro que es hombre, y todavía más, que es heterosexual, para responder a los mandatos del sistema patriarcal. 

De acuerdo con las estadísticas de salud publicadas por la Organización para la Cooperación y Desarrollo Económico (OCDE) en 2019, “del gasto en salud general que incluye, la prevención, curación, rehabilitación, terapia y tratamientos, México se encuentra muy por debajo del promedio internacional, que es de $3 mil 992 dólares per cápita, cifra que incluye la aportación personal y gubernamental, casi equivalentes”; además, el mexicano es el que menos visitas realiza al servicio de salud en el año, y no es porque no se enferme sino porque no tiene cultura de la prevención, incluso, cuando se enferma prefiere automedicarse, ya sea por el costo que representa la atención particular o por las deficiencias del servicio de salud pública.

En cuanto al reconocimiento emocional, Juan Carlos Ramírez, especialista mexicano en masculinidades, cuestiona la contención emocional de los varones porque su reconocimiento y expresión ante terceros los coloca como vulnerables, débiles, feminizados, que los priva de vivirse como sujetos de masculinidad más humana, que posibilita la mejoría de la comunicación; considera que las emociones no reconocidas son expresadas de forma abrupta en forma de violencia, enojo, ira, entre otros. Y esto explica en mucho los episodios de transgresión que se han registrado en México y en el mundo desde el inicio de la pandemia.

El encierro para prevenir el contagio detonó malestares físicos y psicológicos entre la población, muchos de los cuales se convirtieron en ejercicios de violencia. Los varones, en específico, se enfrentaron al fantasma del desempleo y se vieron en la necesidad de ocuparse en trabajos que tal vez no les representaba la imagen de proveedor; algunos conservaron su fuente de ingreso a través de home office o la generaron a partir del comercio electrónico, pero los más vulnerables, aquellos que no cuentan con salario base o los que viven al día, tuvieron que ponerse en riesgo al salir de casa y hacer cuanta maravilla fuera posible para sostener a su familia. 

El hombre tuvo y sigue teniendo el reto de producir, de generar, de ganar, aunado al desafío de conservar la salud en un contexto donde los varones no se cuidan; pero además, se ha visto obligado –o tal vez no- a participar en las tareas de casa, porque ya no predominaba el salir a trabajar sino el quedarse a trabajar o el ya no tengo empleo, en escenarios cuyas realidades son múltiples: amplias, reducidas, urbanas, semiurbanas, con familia pequeña, con hacinamiento familiar, como las reales que pintan de diversa a la cotidianidad mexicana.

Trabajar en lo doméstico, es decir, en casa –y no precisamente haciendo la talacha diaria de la limpieza, de la cocina o del estar pendiente de hijos-, quebranta ese mandado de lo público al que están ligados los varones. En el encierro se vuelven del hogar y se posicionan lejos de las demostraciones típicas de la masculinidad; por ello, el hombre está en el momento de replantearse cómo se ha construido, ya que la realidad actual exige no solo ser productivo y proveedor, sino involucrarse en tareas no hegemónicas en el ámbito privado.  

La transformación a la que se ha aludido se evidencia en el cambio generacional, ya que los más jóvenes están más vinculados a las tareas de casa, algo que en su momento el antropólogo Mathew Guttman afirmó que las mujeres buscaban que los hombres realizaran tareas como: barrer, trapear, lavar, cocinar; en cambio, los más adultos se alejan de esa colaboración pero están más ligados a las figuras del poder, como la creencia de un ser superior que los dota de protección ante cualquier amenaza. 

Ciertamente han sido señalados como los principales agresores en las prácticas de violencia detonadas en el encierro, lo que presupone el abuso de poder, tan cuestionado en los estudios de género, pero es necesario reconocer que mucha de esa violencia es producto de un sistema mal encaminado a presionar a los varones en la demostración de hombría. Esto no significa justificar los actos que denigran el cuerpo humano ni mucho menos exentarlos de responsabilidad histórica sobre la subordinación de la mujer, pero sí el que se visibilice la violencia sistémica al que son sometidos.

El confinamiento obligado, que se ha dado a través de cuarentenas, semaforizaciones o toques de queda, pinta de soledad la dinámica de las grandes ciudades, de los pueblos pequeños y de las comunidades diversas, muchas convertidas en camposantos de hábitos, planes y deseos particulares que tuvieron que enterrarse ante la pérdida de libertad provocada por el virus. Los hombres –y claro, las mujeres- son prisioneros de la pandemia, convertidos en silencio y en ausencia; la realidad cambió y con ello, los patrones comportamentales.

Toda crisis significa un desafío para la sociedad, ya que implica un cambio brusco en la dinámica individual y/o social, así como la adaptación a una realidad que se genera por la situación complicada, difícil e inestable en la cotidianidad. Ante la soledad que encierran los varones y la que los encierran, se deben identificar los recursos con que la persona y/o población cuenta para generar alternativas de acción que ayuden a disminuir el impacto negativo de esa alteración, que si bien es cierto no se puede eliminar, sí es posible controlar para que el daño sea lo menos posible. Si la crisis se ve como una oportunidad de cambio, hay mayor disposición para aceptar la nueva realidad, lo que a su vez permite un proceso de adaptación más rápido y menos doloroso.

Foco rojo 

Se registran 143.1 muertes de varones por cada 100 de mujeres.

Fuente: INEGI y Gobierno de México

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