junio 14, 2024

Las graves consecuencias de las “indefensas” frases machistas

Por: Brisa Granados

Nací entrados los 80, para ser exactos en julio de 1982, este año llego al cuarto piso, y hasta hace poco me jactaba de que crecí en una modern family, de abuelos cantantes, tía punketa y libre albedrío, que en otros hogares parecerían extraños. En mi casa era común ver a los amigos de mi tía haciendo perforaciones o tatuajes, y convivir con  personajes como Saúl Hernández (Los Caifanes) o Rubén Albarrán (Café Tacuba). Podía acompañar a mis abuelos a sus conciertos, dormir hasta tarde sintiéndome parte de las noches de trova. Durante casi 20 años escuché la misma frase: “tú puedes llegar tan alto como lo desees”.

Hasta hace un par de años me sentí muy afortunada por pertenecer a una “modern family”, tan feminista que en más de un trabajo reclamé por un mejor puesto y sueldo justo, no sólo para mí, también para mis compañeras, y cuando me convertí en mamá  comencé a luchar también por mis derechos y los de las otras mamás. El apoyo a mis amigos de la comunidad LGTB ha sido constante también. 

Nunca me quedo callada porque no me pusieron chupón de chiquita y claro que eso, dentro de una comunidad machista, me ha metido en muchos problemas. Pero hace un par de años descubrí que no soy ni tan feminista, ni tan cool como creía, no he tenido el valor para partipar en una manifestación, ni para alzar la voz y en caso de ser necesario pintar un monumento, pero, ¿en qué momento se me acabó el coraje?

Analizando el punto una y otra vez, y con varios choques generacionales con mujeres de veintitantos y entradas en los 30, comprendí que yo crecí en aquellos 80, en donde, por muchas libertades y excentricidades familiares,  por las tardes veía las telenovelas del Canal de las Estrellas, esas que contaban una y otra vez la historia de la mujer pobre que se enamoraba del hombre rico, quien la salvaba de la desesperanza casándose con ella; cuando las películas de Disney relataban cuánto padecía una princesa desvalida hasta encontrar a su Príncipe Azul, y en el colegio me repetían una y otra vez: “calladita te ves más bonita”, “bájate la falda”, “cierra las piernas”, “compórtate como una señorita”. 

Por muchos años he tratado de comprender, no el oficio, sino las situaciones que orillaron a algunas mujeres a acostarse con tantos hombres y esperar por clientes tantas horas paradas sobre calzada de Tlalpan, Zulivan, etcétera; con calor, frío o lluvia. Muchas son víctimas de trata, para ellas no hay otros adjetivos más que: prostitutas, cualquieras, rameras. ¿Y qué sabemos de sus vidas, de sus historias?

Yo, como 9 de cada 10 mujeres he sido acosada sexualmente… en un puente peatonal, en el metro, en el autobús, caminando por la calle, afuera de la escuela, dentro de ella, en el trabajo, en fin, y las frases que más escuchó de otras mujeres son: “Claro, es que ve cómo vas vestida”, “de seguro ibas muy provocativa”, “hombres… así son todos”, “si ya sabes cómo son, ¿para qué confías en ellos?” Las mamás de mis amigos se atrevían a decir: “Amarren a sus pollitas, que mis gallos andan sueltos”. Y en la casa mis amigas escuchaba las clásicas: “Atiende a tu hermano que está cansado”, “sírvele de comer a tu papá”, “acomídete”.

Estas “inocentes frases” siguen vigentes, las escuchamos y decimos con total irresponsabilidad, sin pensar en las consecuencias día con día, son cómplices del micro y macro machismo. Son responsables de que sigan existiendo mujeres abnegadas y hombres abusivos, de los feminicidios tan tristemente comunes en la actualidad. 

Ejemplos tengo muchos… Cuando mi hija tenía dos años jugaba con el hijo de una pareja cercana, de pronto los niños comenzaron a bailar y el papá de él, orgulloso (o mejor dicho orgullosamente machito) dijo: “Ese es mijo”, sentí que me hervía la sangre pues comprendí que fue la primera vez que mi hija había sido cosificada, sí, frente a mis narices. Evidentemente no volvimos a convivir con dicha familia. 

También me he enfrentado a las formas tan promiscuas en que el papá de otra amiguita de mi hija, ahora de ocho años, utiliza para expresarse de otras mujeres, o de su ex esposa, por cierto, madre de su hija. El día que me atreví a decirle… “Ten cuidado en cómo te expresas porque eres papá de una niña”, él, con su típico tono de macho alfa me contestó “Pero esta vieja no es mi hija”. ¡Otra batalla perdida!

Tan a la ligera tomamos el hablar por hablar que desde que se dio a conocer el truene de Belinda y Nodal, nos hemos dedicado a compartir memes de esa situación, como si fueran muy cercanos, como si hubiéramos compartido la mesa o la habitación con ellos. Han señalado a la cantante de ambiciosa, estafadora y arribista, y vuelvo a lo mismo, ¿quién nos da el poder, las agallas, el valor para expresarnos así de una mujer que ni siquiera conocemos?

Con este recuento de vivencias intento dimensionar el peso de esas “simples y cotidianas frases”, metidas en mi cabeza como calzador y entiendo, aunque no justifico, porqué no tengo  el valor de salir a las calles para manifestarme en apoyo a tantas mujeres desaparecidas, abusadas y asesinadas, sólo me quedo desde mi trinchera admirando cada vez más a esas nuevas generaciones que pintan los monumentos, que incendian todo a su paso, por aquellas que ya no pueden, o por las que estamos llenas de creencias tóxicas que nos impiden alzar la voz tan alto, con tanta soronidad.

Calladitas no nos vemos más bonitas…

La Maestra en Psicología, Ana Paulina Flores Contreras explica a Sun Magazine que “Ante frases como ‘calladita te ves más bonita’ o ‘los niños no lloran’, los niños y niñas experimentan una grave confusión. Su ser y su programación natural, los llevan a explorar sus capacidades comunicativas y sociales, a mostrar su identidad, a desarrollarla, de esta manera comprenden cómo es el mundo y quiénes son ellos y ellas en esta realidad. Pero cuando se encuentran con la frialdad aplastante de una sentencia condenatoria como ésta, llegan a la conclusión de que hay algo malo en lo más profundo de ellos, y que deben renunciar a ser quienes son, porque de lo contrario no podrán recibir el amor, la protección necesaria, ni podrán pertenecer a su ambiente. 

Llegan a creer que necesitan ajustarse a las expectativas de los demás porque de lo contrario no podrán sobrevivir. Por necesidad los niños les creen a los adultos, son sus guías, vínculos con el mundo, de lo contrario no sobrevivirían. 

Así tantos tristemente hemos caído en las garras de la manipulación del machismo que tanto daño y abuso ha causado. 

El problema va más allá. Como son las únicas formas en que hemos logrado sobrevivir, creemos que es la única manera de seguir adelante, y hombres y mujeres perpetuamos el machismo, generación tras generación.

Urge denunciar, levantar la voz, seguir hablando seriamente de estos temas para lograr una verdadera transformación. Y no, “calladitas no nos vemos más bonitas”, nuestra belleza es inherente a nuestra vida, y no hay nada más bello que ser quienes realmente somos.

Maestra en Psicología, Ana Paulina Flores Contreras Tel. 55 20 20 90 21 66.

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